El cáncer de ovario es un grupo heterogéneo de enfermedades malignas que afectan al ovario, de igual manera puede aparecer en las trompas de falopio y en la superficie peritoneal. Los menos frecuentes derivan de las células germinales del ovario y por otra parte de las células estromales, con una distribución de casos en la población característicamente en mujeres más jóvenes. La primera entidad con mejor pronóstico y probabilidad de curación, la segunda de muy mal pronóstico, y a mayor edad.

Nuestro interés en este artículo estará centrado en un tercer grupo que es EL CÁNCER EPITELIAL DE OVARIO, por ser el más letal de los cánceres ginecológicos a nivel mundial.  Se encuentra con mayor frecuencia en mujeres entre 50 y 60 años de edad, solo el 20% de los casos se diagnostica de manera temprana, en la mayoría de los casos se encuentra diseminación en la pelvis y/o el abdomen (carcinomatosis peritoneal) o con metástasis a distancia en otros órganos como ganglios, pulmón, hígado y hueso, entre otros menos frecuentes, todo esto al momento del diagnóstico o en el curso de la enfermedad.

Se han identificado diversos factores que se relacionan con aumento del riesgo de padecerlo, a pesar que aún el día de hoy se desconoce con claridad qué produce los cambios en el ADN (mutaciones) responsables del cáncer de ovario, de las cuales se han aislado hasta 168 tipos diferentes, en mujeres con esta patología; y existe una teoría que plantea que estos cambios se originan en las células de las trompas de falopio.  Estos factores de riesgo son: Edad avanzada, sobrepeso y obesidad, inicio temprano de la menstruación, menopausia tardía, terapia de reemplazo hormonal, endometriosis, nunca haber estado embarazada.

La herencia en esta enfermedad juega un papel importante, ya que se ha encontrado relación con mutaciones heredables, por lo que se considera la historia familiar previa de cáncer un factor de riesgo, sobre todo cáncer de mama, ovario, colon y páncreas, que pueden estar asociados a un síndrome familiar hereditario. Y cabe destacar que es lo menos común.

En la generalidad, en fases iniciales de la patología, las pacientes cursan sin síntomas, y no es hasta que hay diseminación que estos se van a presentar. Las manifestaciones clínicas son inespecíficas, pueden confundirse con padecimientos gastrointestinales. Las más frecuentes son: dolor abdominal o crecimiento del abdomen, sensación de plenitud, pérdida de peso, disconfort en área pélvica, dolor lumbar, cambios del patrón evacuatorio, urgencia urinaria o sensación constante de orinar y fatiga.

Es una enfermedad que causa mucha morbilidad y distrés en quienes la padecen. En pacientes que la presentan en edad más temprana, por su naturaleza, compromete la fertilidad aún en etapas tempranas, pues es una patología del sistema reproductivo femenino, y su tratamiento implica la extracción de uno o ambos ovarios. En casos especiales se pueden implementar estrategias de preservación de la fertilidad, siempre que no ponga la vida de la paciente en riesgo y su pronóstico sea favorable.

No hay una estrategia de prevención segura que pueda utilizarse hoy en día, pero se sugiere que el uso de anticonceptivos orales pueda reducir el riesgo, al igual que los embarazos. En población que demuestra presencia de síndromes hereditarios relacionados a cáncer de ovario, puede estar indicada la cirugía reductora de riesgo.

Cualquier mujer que experimente uno o más de estos síntomas debe ser evaluada con la finalidad de descartar esta enfermedad.

No hay un estudio de rutina que pueda realizarse con la finalidad de detectar tempranamente. Esto sigue en estudio.

Con finalidad de hacer diagnóstico cuando se sospecha, se deben realizar un examen pélvico exhaustivo. La imágenes como el ultrasonido pélvico, tomografía o resonancia magnética pueden contribuir al diagnóstico según criterio médico . Siempre acompañados de exámenes de laboratorios generales y marcadores tumorales como el CA125, que aunque no son específicos pueden contribuir. En ocasiones es necesario realizar una cirugía exploratoria para llegar al diagnóstico definitivo. Siempre es necesario realizar biopsia para posteriormente tomar decisiones terapéuticas. Es importante siempre considerar realizar pruebas genéticas con la finalidad de descartar asociación a síndromes hereditarios y también para guiar tratamientos dirigidos a mutaciones específicas como en el caso de BRCA 1 y 2.

El tratamiento inicial en las etapas tempranas con finalidad curativa será la cirugía. En etapas avanzadas es posible cuando las condiciones de la paciente lo permiten realizar cirugía para reducir la enfermedad y posteriormente aplicar quimioterapia. En caso de que la cirugía no se pueda realizar inicialmente, la paciente debe ser evaluada para quimioterapia de forma inicial y posteriormente cirugía cuando esté indicado.

Existen nuevos avances en la terapéutica contra el cáncer de ovario epitelial y cada vez disponemos de más opciones para prolongar la supervivencia y mejorar la calidad de vida en nuestras pacientes. Por ejemplo podemos mencionar la familia de los inhibidores del PARP, la inmunoterapia, y nuevas tecnologías de quimioterapia que mejoran los efectos terapéuticos, disminuyendo los efectos indeseados.

Si tienes algún familiar que ha padecido esta enfermedad o tienes algunos de los síntomas que mencionamos,  es bueno que te acerques a tu médico y descartes la posibilidad, pues la detección a tiempo puede hacer la diferencia.

Dra. Ángela Cabreja
Oncóloga clínica

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