Cada 12 de mayo se celebra el Día Internacional de la Enfermería en honor al natalicio de Florence Nightingale, la mujer que revolucionó la práctica de la enfermería durante el siglo XIX.

La conmemoración tiene como objetivo reconocer a las enfermeras y enfermeros que a nivel mundial realizan esta loable labor para toda la humanidad.

Cuando Florence Nightingale llegó al hospital militar de Scutari, en Turquía, las condiciones eran casi tan malas como en el campo de batalla. Corría 1854 y Gran Bretaña y sus aliados se habían embarcado en la infausta Guerra de Crimea, muy cerca de la zona de la actual invasión rusa a Ucrania, para intentar poner coto al auge expansionista de Rusia. El número de bajas de soldados británicos era desorbitante, pero eran más los que morían de enfermedades prevenibles que de heridas de combate.

La joven enfermera inglesa vio a esos soldados cubiertos de mugre, tirados directamente en el piso en medio de las ratas, con pústulas abiertas tapadas con vendas sucias, empiojados y comidos por las pulgas, y respirando la pestilencia de la enfermedad en esa sala sin ventanas. Había una bañera cada 150 soldados, y de poco habría servido: había un caballo muerto pudriéndose en la cisterna de agua.

“El Estado debería garantizar a todos la misma calidad de atención a la que accede un presidente”, dice el líder de la Academia de Medicina

Florence y su equipo de 38 enfermeras de inmediato se pusieron a hacer lo que para el resto, incluidos muchos de los médicos, parecía superfluo, como la higiene y la calidad de la alimentación. En vez de esperar los productos importados que llegaban desde Inglaterra a través de una cadena de suministros de 3600 kilómetros, Nightingale iba a Constantinopla, la actual Estambul, donde se abastecía de jabón, toallas, ropa de cama y comida fresca en los mercados locales. Ella y su equipo se abocaron rápidamente a sanear el hospital, y en poco tiempo Nightingale se convirtió más bien en su administradora: manejaba la compras de insumos, la higiene y mantenimiento de las instalaciones, y la nutrición de pacientes y personal de guardia. La tasa de mortalidad bajó, y Nightingale fue ascendida a la categoría de “ángel”.

La así llamada “dama de la lámpara”, por su costumbre de realizar rondas nocturnas para cuidar a sus pacientes, se convertiría en la madre de la enfermería moderna y en una de las mujeres más admiradas de su tiempo. Sin embargo, ni siquiera Nightingale escapó del desdén y la resistencia hacia las enfermeras que cundía en dos profesiones masculinas como la milicia y la medicina.

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