La higiene de manos es una de las prácticas más simples y efectivas para prevenir enfermedades, sin embargo, también es una de las más olvidadas. Desde tiempos antiguos, el ser humano ha buscado formas de mantenerse limpio, pero no fue hasta el siglo XIX cuando el médico húngaro Ignaz Semmelweis demostró que el lavado de manos con una solución antiséptica reducía drásticamente las muertes por fiebre puerperal en hospitales. Su descubrimiento revolucionó la medicina, aunque no fue valorado en su época. Hoy, gracias a los avances científicos, comprendemos plenamente que una buena higiene de manos puede marcar la diferencia entre la salud y la enfermedad.
¿Cómo debe hacerse un correcto lavado de manos?
La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda los siguientes pasos para un lavado eficaz:
Mojar las manos con agua limpia.
Aplicar suficiente jabón para cubrir toda la superficie.
Frotar las palmas entre sí y luego el dorso de cada mano.
Limpiar entre los dedos, las uñas y los pulgares.
Enjuagar bien con agua.
Secar con una toalla limpia o desechable.
El proceso completo debe durar entre 40 a 60 segundos, y si no se dispone de agua y jabón, se puede utilizar una solución alcohólica que cubra todas las áreas de las manos.
¿Por qué es tan importante esta práctica?
Cada día, nuestras manos entran en contacto con superficies contaminadas por bacterias, virus y hongos. Al tocarse la cara, manipular alimentos o atender a una persona enferma, se puede facilitar la transmisión de infecciones como la gripe, diarreas, neumonías e incluso enfermedades más graves como la COVID-19.
En entornos hospitalarios, la higiene de manos no es solo una medida preventiva: es una herramienta vital para evitar infecciones asociadas a la atención sanitaria. El personal de salud tiene el deber de cumplir rigurosamente con esta práctica para proteger a sus pacientes y a sí mismos, sobre todo aquellos con sistemas inmunológicos comprometidos.
Una responsabilidad compartida
La higiene de manos no es solo tarea de los profesionales de salud. Cada persona, desde su hogar, escuela o lugar de trabajo, puede contribuir a reducir la propagación de enfermedades. Enseñar a los niños a lavarse las manos correctamente y fomentar esta cultura en la comunidad es una inversión en salud pública.
Motivación para todos
Recordar que con un gesto tan sencillo se pueden evitar enfermedades graves debería ser suficiente motivación. Lavarse las manos es un acto de respeto hacia los demás, de cuidado propio y de responsabilidad colectiva. En cada grifo que se abre y cada jabón que se frota, se refuerza el compromiso con la vida y el bienestar.
Hoy más que nunca, en un mundo que sigue enfrentando amenazas sanitarias globales, el llamado es claro: lavarse las manos salva vidas. Hagámoslo bien, hagámoslo siempre.
Por: Felvil Villalona
Epidemiólogo
