Cada octubre recordamos la importancia de detectar a tiempo el cáncer de mama. Hablamos de mamografías, compartimos historias y nos vestimos de rosa, pero hay una conversación que también merece espacio: la relación entre el exceso de grasa corporal y el riesgo de desarrollar esta enfermedad, especialmente después de la menopausia.
Hablar de obesidad en este contexto exige sensibilidad. Ninguna mujer es culpable de tener cáncer. Esta enfermedad tiene múltiples factores de riesgo y puede aparecer en personas de cualquier peso. Informar sobre un factor modificable debe servir para ampliar las oportunidades de cuidado, nunca para señalar a quien recibe un diagnóstico.
La evidencia muestra que el sobrepeso y la obesidad se relacionan con un mayor riesgo de cáncer de mama después de la menopausia. También importa el aumento de peso acumulado durante la vida adulta. Esto no significa que toda mujer con obesidad desarrollará cáncer, sino que su riesgo puede ser mayor.
La relación antes de la menopausia es más compleja y no sigue el mismo patrón. Por eso, no es correcto afirmar que la obesidad aumenta por igual el riesgo de todos los cánceres de mama, a cualquier edad. Tampoco debe interpretarse esa diferencia como una recomendación de aumentar de peso.
¿Por qué puede influir la grasa corporal? El tejido adiposo tiene actividad hormonal. Después de la menopausia, cuando disminuye la producción de estrógenos en los ovarios, adquiere mayor importancia como fuente de estas hormonas. Una mayor cantidad de tejido adiposo puede elevar la exposición a estrógenos, que favorecen el crecimiento de algunos tumores de mama sensibles a ellos.
Además, la obesidad puede acompañarse de inflamación crónica y niveles elevados de insulina. Estos mecanismos ayudan a explicar la relación entre la salud metabólica y el cáncer, aunque no permiten identificar una causa única en una paciente.
Entonces, ¿bajar de peso evita el cáncer de mama? No podemos prometerlo. Estudios observacionales han encontrado una asociación entre la pérdida sostenida de peso y un menor riesgo en mujeres mayores y posmenopáusicas. Sin embargo, esa evidencia no demuestra que adelgazar garantice prevenir la enfermedad ni que un tratamiento específico tenga ese efecto.
Lo que sí podemos hacer es atender la obesidad como una enfermedad y ofrecer un plan individualizado, con alimentación sostenible, actividad física y tratamiento médico cuando corresponda. El objetivo es mejorar la salud, sin recurrir a dietas extremas ni perseguir una cifra a cualquier precio.
Moverse regularmente también tiene valor más allá de lo que marque la balanza: la actividad física se relaciona con un menor riesgo de cáncer de mama. Otro punto que suele quedar fuera de la conversación es el alcohol. Su consumo aumenta el riesgo; cuanto menos se bebe, menor es el riesgo asociado.
Cuidar estos factores no sustituye la detección temprana. La mamografía debe realizarse según la edad, los antecedentes y las recomendaciones médicas. Un bulto nuevo, cambios en la piel o alteraciones del pezón requieren evaluación, aunque una mamografía anterior haya sido normal.
Si ya existe un diagnóstico, cualquier estrategia nutricional o de peso debe coordinarse con el equipo oncológico. La prioridad es sostener la nutrición, la fuerza y la tolerancia al tratamiento, de acuerdo con las necesidades de cada paciente.
Por:Dra. Amny Acosta Then
Endoscopista bariátrica
