Sonia González no recuerda nada del día que cambió su vida. Tenía 39 años, una carrera brillante en la industria farmacéutica y una vida llena de viajes y proyectos cuando, de pronto, su cuerpo dijo basta. Un ictus la dejó inconsciente en la ducha. Estuvo 33 días en coma, sobrevivió a dos paradas cardíacas y a dos ictus isquémicos. Los médicos temieron lo peor, pero Sonia despertó. Hoy, con 46 años, se considera una mujer afortunada: “Estuvimos 33 días San Pedro y yo jugando a las cartas… y le gané”.
Un derrumbe inesperado
Antes del ictus, Sonia llevaba la vida de cualquier mujer joven y profesional. Química de formación, gerente de una farmacéutica, viajaba con frecuencia y disfrutaba del ritmo vertiginoso del éxito. Las únicas señales previas eran migrañas con auras prolongadas, que los estudios médicos no lograban explicar.
Aquel día, en la ducha, se sintió mareada y llamó a su pareja. Cayó al suelo y comenzó a convulsionar. En veinte minutos una ambulancia la trasladó al hospital. Los médicos descubrieron una aneurisma provocada por una malformación congénita que nunca había sido diagnosticada. Fue operada de urgencia, pero sufrió dos paradas cardíacas y dos ictus isquémicos.
Según el informe “Neurología y Mujer” de la Sociedad Española de Neurología (SEN), las mujeres tienen un riesgo mayor de sufrir un ictus y suelen presentar un peor pronóstico que los hombres. En el caso de Sonia, las probabilidades no estaban de su lado.
El despertar y la lenta reconstrucción
Treinta y tres días después, Sonia abrió los ojos. Su familia celebró lo que para ellos era un milagro, aunque ella no comprendía por qué. No podía mover el lado derecho del cuerpo, ni hablar por la traqueotomía. No recordaba nada. Poco a poco, en planta, empezó a entender lo que había pasado.
Tras recibir el alta, se mudó con sus padres, pero pronto sintió que necesitaba recuperar su independencia. “Me estaban cuidando estupendamente, pero también protegiendo demasiado”, cuenta. Decidió volver con su pareja y comenzar una rehabilitación intensiva en el Centro de Referencia Estatal de Atención al Daño Cerebral (Ceadac). La pandemia de covid-19 interrumpió su proceso, y tuvo que continuar sola, a fuerza de voluntad y ejercicios diarios.
Hoy sigue conviviendo con secuelas: limitación de movilidad en la mano derecha, anomias que le dificultan encontrar palabras por las tardes, y problemas de atención en ambientes ruidosos. Pero su mayor motor de rehabilitación llegó en forma de una nueva vida: su hija, Martina Leona.
La maternidad como terapia
“Cuando tuve a Martina supe que ella había venido al mundo para hacer algo importante”, confiesa emocionada. Su embarazo fue difícil, pero su hija se convirtió en su mejor terapia. “Ya no necesito al logopeda ni al neuropsicólogo; ella me rehabilita cada día”.
Siete años después del ictus, Sonia reconoce que el golpe más duro no fue físico, sino emocional: recibir la carta que confirmaba su incapacidad laboral permanente. “Había trabajado toda mi vida para llegar a donde estaba, y de repente no podía ejercer mi profesión”, recuerda entre lágrimas. Sin embargo, decidió transformar el dolor en propósito.
Reinventarse para ayudar a otros
Hoy Sonia colabora con la Fundación Freno al Ictus, donde creó el proyecto “Guiar en daño cerebral”, una iniciativa que brinda orientación sobre discapacidad, dependencia e incapacidad laboral. Ya han ayudado a más de 700 personas. También participa en el proyecto “Kiero”, que promueve el autoliderazgo y empoderamiento de personas afectadas por daño cerebral adquirido.
“Nos dicen que la recuperación solo ocurre en el primer año, pero yo sigo mejorando cada día”, asegura. Con motivo del Día Mundial del Ictus, que se conmemora cada 29 de octubre, Sonia insiste en la importancia de reconocer los síntomas: flacidez o parálisis facial, debilidad en un lado del cuerpo y dificultad para hablar. “Llamar al 112 salva vidas y evita muchas discapacidades”, subraya.
Una enfermedad que no distingue edades
En España se producen cada año unos 90.000 nuevos casos de ictus, y más de 23.000 personas fallecen por esta causa, según la SEN. Aunque su incidencia aumenta con la edad, el 60 % de los casos ocurre en menores de 70 años y el 16 % en personas de menos de 50. En las últimas dos décadas, los ictus en adultos jóvenes han aumentado un 25 %.
Sonia forma parte de ese grupo que decidió desafiar las estadísticas. “Antes me preguntaba por qué me había pasado esto. Ahora me pregunto para qué”, reflexiona. Su respuesta está en los pequeños gestos cotidianos, en su hija, y en cada persona que logra inspirar con su historia.
Fuente: Agencia EFE / EFE Salud
Fotos: EFE Salud / María Abad
