Como madre de un adolescente, me preocupa la salud mental de nuestros jóvenes, sus silencios, sus cambios de ánimo y esas emociones que muchas veces no saben cómo expresar, me preocupa que, como adultos, interpretemos algunas de sus conductas como rebeldía o simples cosas de la edad, sin detenernos a pensar que detrás de ellas puede haber una situación emocional que necesita atención.
Entre los 12 y los 18 años se viven transformaciones importantes, en medio de la necesidad de pertenecer, las presiones sociales, las exigencias académicas y los cambios propios del desarrollo, desafíos que no todos enfrentan de la misma manera y para los que necesitan algo más que consejos: requieren adultos dispuestos a escuchar, orientar y acompañar sin juzgar.
La Organización Mundial de la Salud estima que uno de cada siete adolescentes de entre 10 y 19 años experimenta algún trastorno mental, una realidad que nos obliga a mirar esta etapa con mayor atención y a comprender que el bienestar emocional no debe quedar relegado hasta que aparezca una crisis.
A veces, el malestar no se expresa con palabras, sino a través del aislamiento, la pérdida de interés en actividades que antes disfrutaban o cambios persistentes en el comportamiento; señales que no necesariamente indican un trastorno, pero que merecen nuestra atención, especialmente cuando afectan su vida cotidiana.
Por eso, necesitamos aprender a escuchar sin minimizar lo que sienten ni responder con frases como «eso no es nada» o «son cosas de la edad», porque cuando un adolescente encuentra un espacio seguro para hablar, también encuentra una oportunidad para comprender sus emociones y pedir ayuda si la necesita.
La familia y la escuela tienen una responsabilidad fundamental en este proceso, pero el acompañamiento debe ir de la mano con servicios de salud mental accesibles y profesionales capacitados para atender las necesidades de esta población, pues no podemos hablar de prevención si las posibilidades de recibir atención siguen siendo una dificultad para algunas familias.
Como periodista, considero que este tema debe ocupar un lugar permanente en la agenda pública, más allá de las campañas y las fechas conmemorativas; y como madre, entiendo que no siempre tendremos todas las respuestas, pero sí podemos hacer algo esencial: estar presentes, preguntar cómo se sienten nuestros hijos y escuchar de verdad.
Cuidar la salud mental de nuestros adolescentes comienza cuando dejamos de mirar únicamente su comportamiento y nos interesamos por lo que están sintiendo, porque detrás de esa actitud que no comprendemos puede haber una preocupación que no saben expresar, y encontrar a alguien dispuesto a escucharlos puede ser el primer paso para buscar la ayuda que necesitan.
Por:Cristina Piantini Suardi

